Gabriel Escorcia Gravini

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Prólogo

Un breve vistazo a los poetas colombianos nacidos entre 1870 y 1890, avalados por ese rancio establecimiento cultural e historiográfico tan vigente hasta hoy, deja al descubierto la matriz andino-céntrica de los mismos. Los nombres, mayormente adscritos a la generación del Centenario, afloran por montones: Guillermo Valencia (1873-1943), José Eustasio Rivera (1888-1928), Eduardo Castillo (1889-1938), Ángel María Céspedes (1893-1956) y Nicolás Bayona Posada (1899-1963). La presencia caribeña se limita, en mayor o menor medida, a dos personalidades: el cartagenero Luis Carlos ‗el tuerto‘ López (1879-1950) y el barranquillero Miguel Rash Isla (1887-1953). El balance es claro: ignorado por gran parte del pueblo que le vio nacer, Gabriel Escorcia Gravini (Soledad, 1891 -1920) fue también ignorado por gran parte del país que le vio escribir. No solo terminó confinado, dada su lepra, a eso que él llamaba, no sin algo de sutil sarcasmo, su ‗celda cristiana‘, sino que terminó confinado también, dada quizás su marginalidad geográfica, a esa celda literaria diseñada por el catolicismo concordatario, el conservadurismo hegemónico y el centralismo bogotano. Las antologías y libros de poesía colombiana están ahí para corroborarlo. Citamos unos cuantos. No figura, por ejemplo, en ninguno de los dos volúmenes de la Antología crítica de la poesía colombiana [1874-1974], publicada por Andrés Holguín en 1974. Tampoco se le menciona en Poesía y canon: los poetas como críticos en la formación del canon en la poesía moderna en Colombia (2002) del crítico, ensayista y poeta David Jiménez Panesso. Mucho menos forma parte de la Historia de la poesía colombiana, Siglo XX, publicada por Juan Gustavo Cobo Borda en el 2006. Ni siquiera la vena iconoclasta, anti-establishment si se quiere, del poeta Harold Alvarado Tenorio hizo que este incluyera a Escorcia Gravini en Ajuste de cuentas, su antología crítica de la poesía colombiana del siglo XX. Más desesperanzador todavía es que en sus anales tanto físicos como virtuales, la biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá cuente solo con una copia de La Boliviada, poema épico en seis cantos publicado en 1925 con edición del poeta, también soledeño, José Miguel Orozco. Universo viral e incomprendido, sarpullido indefinible y asqueroso para esa piel blanca, clasista, clasicista, pura y asquerosamente uniforme que fue gran parte de la poesía colombiana de comienzos de siglo XX. Así podríamos definir la poesía de Escorcia Gravini. No es por ello casual que ‗lepra‘ y ‗letra‘ se asemejen entre sí. La coincidencia es tan hermosa como aterradora. Y es que así como la lepra, que por lo general no es tan contagiosa, y que solo puede llegar a adquirirse después de un largo, muy largo tiempo de contacto con un paciente no debidamente tratado, también la letra, que por estos tiempos pareciera no ser tan contagiosa, puede adquirirse solo después de un largo, muy largo tiempo de contacto con un autor no debidamente tratado como lo fue Escorcia Gravini. Sus poemas, o lo que queda de ellos, aun con lo adornados y habitados que están por lunas azulinas, búhos y cisnes, aun con la angustia y la desazón que pareciera regirles, aun con lo influenciados que parecieran estar por el modernismo, son también una crítica abierta al mismo, y con ello a la poesía colombiana del momento. Que no quepa la duda: ―La gran miseria humana‖, ese angustioso canto suyo al cráneo de la mujer que en vida lo despreció, es también un canto soberbio a la renovación, una incitación al derrumbe de las murallas de ese fuerte anillo de poderío cultural que fue la Bogotá de la época y de la poesía que allí se hacía. Es, para decirlo de otro modo, una invitación a recuperar la belleza, tan sepultada ella por formulas poéticas que ya nada decían ni hacían al autor y al lector. De ahí que en estas décimas la triada poeta-poema-poesía sea analógica a la triada exhumador-cráneo-cementerio. El yo lírico de ―La gran miseria humana‖, sabiéndose poeta, arqueólogo de la vida en medio de la muerte, se adentra en los predios nauseabundos y fríos de ese cementerio en el que se había convertido la poesía colombiana de comienzos de siglo. Y allí, en medio de despojos esqueléticos y faltos de vida, de versos tan parecidos entre sí, el yo lírico decide rescatar un cráneo, un solo cráneo, de la imperante homogeneidad del camposanto. Una calavera sin ojos, sin pelo, sin labios, sin belleza alguna, acaso la definición mejor de lo que fuera la poesía en aquel entonces. El poeta entonces pregunta:

Dime, humana calavera,

¿qué se hizo la carne

aquella que te dio hermosura

bella cual lirio de primavera?

¿Qué se hizo tu cabellera

tan frágil y tan liviana,

dorada cual la mañana, de la

aurora al nacimiento?

¿Qué se hizo tu pensamiento?

¡Responde, miseria humana!

Algo del hálito contestatario que envuelven a estas preguntas se da cita también en las páginas bondadosas que Moisés Eduardo Morante Narváez nos ha ofrecido en este estudio, el primero en rendirle tributo a la vida y obra de Escorcia Gravini. Su rigurosidad investigativa con respecto a la lepra en Colombia, pero también a la letra, a la poética escorciana, solo es superada por la pasión, por la emoción que destilan todos y cada uno de sus párrafos, escritos sin pedantería. Todo esto para decir que estamos también ante un poeta-exhumador. Un hombre que ha sabido poner la pala y el pico en la porción de tierra exacta, en la lápida precisa, en la poesía y el autor correcto. Labor necesaria y heroica en un país como el nuestro, tan infectado él por la lepra ética, política y cultural.

 

Juan Esteban Villegas Restrepo
Universidad de Antioquia.